A comienzos de 2025, el gobierno de Estados Unidos, liderado por Donald Trump, impuso un arancel del 10 % sobre productos importados de varios países latinoamericanos, incluida Colombia. La medida busca proteger su industria local, pero ha encarecido de forma inmediata las exportaciones colombianas, afectando sectores sensibles como alimentos y bebidas.

Para Colombia, esto tiene un peso importante. En 2024, el 29 % de sus exportaciones —más de USD 13.100 millones, según datos de Analdex— tuvo como destino el mercado estadounidense. Esto significa que cualquier barrera comercial, como un arancel, puede impactar directamente los precios, los volúmenes de exportación y la competitividad de las empresas que abastecen ese mercado.

Ante este tipo de decisiones externas —que no se pueden prever ni controlar— las compañías necesitan reaccionar con rapidez. Y una de las formas más efectivas de reducir su impacto es reevaluar cómo estas condiciones están afectando su estructura de costos y su capacidad para sostener márgenes rentables.

En este punto, los costos energéticos adquieren un papel crucial. No solo representan una proporción importante dentro del gasto operativo de una planta, sino que también son especialmente vulnerables a las fluctuaciones del entorno. En Colombia, la electricidad ha subido casi 70 % en los últimos cuatro años, según la Superintendencia de Servicios Públicos, y los riesgos de suministro o variabilidad tarifaria siguen presentes.

Por eso, muchas empresas están optando por rediseñar su modelo energético como parte de una estrategia de adaptación. El objetivo no es solo ahorrar, sino ganar flexibilidad, estabilidad y mayor control frente a un mercado que cambia sin previo aviso.

Del impacto externo al rediseño interno: factores que están empujando a las industrias a replantear su operación

Los aranceles impuestos recientemente por Estados Unidos son apenas una pieza del rompecabezas. El verdadero reto viene de algo más amplio: un cúmulo de presiones económicas internas y externas que, poco a poco, han ido cambiando las reglas del juego para las industrias en Colombia.

Muchas empresas, sobre todo en la industria de alimentos y bebidas, han tenido que hacer una pausa y mirar a fondo su operación: desde la producción y el abastecimiento hasta los costos energéticos y la logística. Procesos que hasta hace poco eran suficientes para mantener márgenes aceptables, hoy están bajo presión por factores como la inflación, la volatilidad en el precio de los insumos y las nuevas exigencias del mercado.

Inflación que no cede

Aunque los analistas esperan que el ritmo baje un poco frente a años anteriores, la proyección del Banco de la República para el cierre de 2025 sigue siendo del 4,5 %. Ese nivel de inflación afecta directamente varios frentes dentro de las plantas.

  • Insumos y materias primas: los precios siguen subiendo y eso encarece hasta lo más básico de la producción, sobre todo en industrias que dependen de insumos importados o cuyos costos están ligados al dólar.
  • Empaques y logística: con los combustibles en alza, y servicios como el transporte más caros, el impacto se traslada a toda la cadena.
  • Mano de obra: el aumento del salario mínimo en 2025 fue del 9,54 %. Esto obliga a revisar estructuras salariales, beneficios, e incluso pensar cómo retener talento sin comprometer la rentabilidad.
  • Planificación y márgenes: si los costos cambian constantemente, proyectar precios de venta y hacer presupuestos confiables se vuelve más difícil. Por eso, muchas compañías han empezado a renegociar con proveedores o ajustar inventarios para ganar un poco más de control.

Regulaciones fiscales y ambientales más exigentes

El panorama regulatorio en Colombia ha venido cambiando en los últimos años, especialmente en lo tributario y ambiental. Las reformas fiscales y las propuestas en discusión tienden a aumentar la presión sobre las empresas: modificaciones en los anticipos de renta, ajustes en las tarifas del impuesto corporativo y nuevos gravámenes asociados a temas ambientales, como los plásticos de un solo uso o las bebidas azucaradas, son parte del escenario actual.

Esto afecta directamente la liquidez de las empresas. Planear a largo plazo o mantener márgenes se vuelve más difícil, por lo que se debe ser más preciso con los recursos y la forma como se asignan.

Por otro lado, los temas ambientales están tomando cada vez más fuerza. Normativas como la Resolución 1407 de 2018 o los compromisos de reducción de emisiones dentro de la Contribución Determinada a Nivel Nacional (NDC) están elevando la vara.

Hoy no basta con cumplir. También hay presión de clientes y socios que exigen avances en la economía circular, un uso eficiente de la energía y reportes de sostenibilidad claros.

Retos logísticos

Trasladar productos dentro del país sigue siendo un reto. En 2024, hubo más de 800 bloqueos viales. Cada uno representa demoras, pérdidas y complicaciones que van desde la entrega de mercancías hasta el cumplimiento de contratos.

Además, Colombia sigue teniendo uno de los costos logísticos más altos de la región: cerca del 17,9 % del valor del producto. Para comparar, en la OCDE el promedio es de 8 %, lo que significa que las empresas colombianas enfrentan costos más de dos veces superiores a los de sus pares en economías desarrolladas. El problema viene de varios lados: peajes caros (en algunos corredores pueden representar el 30 % del costo de transporte), precios altos del combustible, infraestructura inconclusa o limitada y regulaciones poco flexibles.

Frente a todo esto, rediseñar la operación ya no se plantea como un proyecto a futuro. Es una necesidad para sostenerse en el presente. Las plantas que logren adaptarse más rápido —y con visión estratégica— serán las que consigan mantenerse rentables, incluso con el entorno en contra.

En ese rediseño, la parte energética tiene un rol central. No solo porque representa un gasto considerable, sino porque puede definir si una operación se mantiene estable o no. 

Por eso, muchas compañías están comenzando a mirar opciones más flexibles y eficientes. Una de ellas, cada vez más presente, es el gas licuado (GLP), que se perfila como una alternativa adaptable a la realidad energética colombiana.

La oportunidad: rediseñar el modelo energético

Uno de los puntos que más presión ejerce hoy sobre las plantas industriales es el costo de la energía en Colombia. 

Entre 2023 y 2024, el valor del kilovatio hora subió hasta 32 % en regiones como Bolívar, 26 % en Atlántico y 20 % en el Eje Cafetero. En paralelo, el gas natural también registró aumentos importantes: hasta 36 % en Bogotá, Cundinamarca y Boyacá, y 20 % en zonas como Santander y Risaralda.

Pero no se trata solo del precio. El sistema energético del país arrastra desafíos estructurales que hacen difícil mantener un suministro confiable en todo momento:

  • Una gran parte de la generación depende de fuentes hídricas. Cuando llega un fenómeno como El Niño, esa estabilidad se pone en juego.
  • Hay diferencias notables entre regiones. En Bogotá, por ejemplo, una empresa puede pagar alrededor de $1.046 COP por kWh, pero en la región Caribe ese valor puede pasar los $1.340 COP.
  • También hay problemas con la infraestructura: sobrecargas, fraudes, incluso sabotajes, que aumentan la vulnerabilidad del sistema.

Para una planta industrial, esto representa dos riesgos muy claros: costos que no paran de subir y una exposición constante a cortes o interrupciones. Lo más difícil de todo es que son factores externos. Las empresas no tienen cómo controlarlos.

Es en este punto donde el gas licuado (GLP) se vuelve estratégico. Varias compañías en Colombia ya lo están incluyendo en su matriz energética, sobre todo en procesos que requieren calor. ¿Qué lo hace tan atractivo?

  • Mayor eficiencia energética y menor consumo: el GLP tiene un alto poder calorífico, lo que permite optimizar procesos térmicos con menor cantidad de combustible. Para muchas empresas, esto se traduce en una reducción real del consumo energético total. Un ejemplo es Friogan, empresa del sector ganadero, que evaluaba implementar un sistema de respaldo con gas natural. Tras el acompañamiento técnico de Unigas, eligió una solución basada en GLP y logró ahorros de energía cercanos al 20 %, con un sistema más estable y adaptable a su operación
  • Reducción de costos energéticos: aunque el precio del GLP puede variar según el proveedor, su eficiencia lo hace competitivo, sobre todo cuando se planifica bien y se utiliza en procesos con alta demanda térmica. Además, permite negociar contratos con tarifas más estables a largo plazo.
  • No depende de la red: no necesita una red de tuberías para operar. Se puede transportar y almacenar fácilmente, incluso en zonas apartadas o con acceso limitado. Esa flexibilidad marca la diferencia.
  • Una opción con menor impacto ambiental: el GLP representa una alternativa más limpia frente a otras fuentes fósiles tradicionalmente usadas en la industria. Según datos de la Asociación Iberoamericana de Gas Líquido de Petróleo (AIGLP), su combustión genera hasta 36 % menos emisiones de CO₂ que el carbón, 15 % menos que la gasolina y 10 % menos que el diésel. Es una forma de avanzar hacia una operación más limpia, sin dejar de lado la potencia ni la confiabilidad que requiere la industria.

¿Cómo empezar ese rediseño energético?

Rediseñar la operación energética no tiene que implicar un cambio radical o costoso. Pero sí exige un enfoque técnico, datos y decisiones estratégicas. Aquí algunas acciones clave:

  1. Audita el consumo energético

Revisa qué procesos consumen más energía, en qué horarios y con qué equipos. Puede que encuentres ineficiencias que nunca habías considerado.

  1. Evalúa el costo real de sus fuentes actuales

Compara el costo por unidad térmica (kWh, BTU, kg vapor) entre sus diferentes fuentes: electricidad, gas natural, gas licuado, diésel. El costo real incluye el precio de la energía, más el impacto por fallos, mantenimiento o interrupciones.

  1. Estudia alternativas de respaldo

Incluir GLP como energía de respaldo en zonas de alta volatilidad eléctrica o como fuente principal en procesos térmicos puede representar un ahorro sostenido y una mayor capacidad de adaptación operativa frente a los desafíos del entorno.

  1. Conecta con las metas ambientales

Si la empresa tiene compromisos de reducción de emisiones, el gas licuado puede ayudar a cumplirlos sin necesidad de invertir de inmediato en soluciones más complejas.

Lo externo no lo controlas, pero tu operación sí

Los aranceles pueden cambiar, el costo de la energía en Colombia seguirá subiendo, las cadenas logísticas pueden colapsar, y las materias primas, encarecerse.

Pero el modelo energético —ese que sostiene el corazón de la operación— sí lo puedes controlar.

Rediseñarlo hoy con visión estratégica, integrando el gas licuado (GLP), es dar un paso adelante en eficiencia energética, estabilidad y competitividad. 

En este contexto, cada decisión cuenta. Las empresas de gas licuado como Unigas se han consolidado como aliadas clave para la industria, ofreciendo soluciones que se adaptan a distintos entornos productivos. Si tu organización está evaluando estrategias energéticas para empresas, esta puede ser una oportunidad concreta para fortalecer la operación con fuentes más eficientes, flexibles y sostenibles.

Proteger la rentabilidad no es resistir los cambios del mercado: es responder con inteligencia. Entender cómo aumentar la rentabilidad de una empresa pasa por tomar decisiones estratégicas que garanticen eficiencia, continuidad y competitividad en medio de la incertidumbre. Y si tu planta aún no tiene esa respuesta clara, este es el momento de empezar.

Fuentes:

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